Evaluación académica y patinaje artístico

Evaluar. Valorar, cualificar, computar. Al oír esta palabra probablemente te haya venido a la cabeza el colegio. “Primera evaluación”. O la universidad. “Evaluación continua”. La palabra se puede usar fuera del ámbito educativo, pero por alguna razón nuestro cerebro vuelve a ello. Será algún tipo de trauma infantil?

Evaluar consiste en valorar si algo cumple ciertos criterios. En el caso de estudiantes, evaluar consiste en valorar si tus estudiantes saben un mínimo sobre un tema concreto, y cuánto saben más allá del mínimo. Con puntuaciones del 1 al 10 en la península, o letras de la F a la A en los países anglosajones, la evaluación es lo que más respeto infunde en los alumnos. A fin de cuentas, es un marcador de su conocimiento; define lo que saben de un determinado tema.

Si tuviera que describir las evaluaciones que me han hecho antes de que aprendiera nada sobre educación, un 90% han sido un examen escrito, com preguntas de teoría y problemas, puntuado del 1 al 10. Era un aprendizaje completamente superficial. Y en ningún momento sabía, como alumno, cual era el conocimiento mínimo necesario para aprobar. Sí que se sabía la nota mínima, pero nunca el conocimiento mínimo. El otro 10% era una evaluación de un trabajo o informe, mucho más subjetivo. Y en este caso ya no sólo era imposible saber el conocimiento mínimo, sino que además eran valoraciones completamente subjetivas. Vete tú a saber cuántas veces habré dicho, lleno de indignación: esta nota es injusta!

Pero no sólo se evalúa a los alumnos. También se evalúa, o mejor dicho se puntúa, a los deportistas que compiten en competiciones con jurado. Y a ojos de los espectadores es equivalente a mi 10% anterior: completamente arbitrario y opaco. No hay justificación de las puntuaciones, es un grupo de expertos que saben de lo que hablan, y tú te callas que no tienes ni idea. Y tiene un problema: los mangoneos con las puntuaciones son muy sencillos de justificar. Usted no sabe con quién está hablando! Que yo soy el experto! Usando jerga educativa, tanto la validez como la fiabilidad de un sistema como éste son muy malas.

Tomemos como ejemplo la final de patinaje artístico de las olimpiadas de invierno de 2002 en Salt Lake City. La pareja rusa iba por delante de la canadiense con su programa corto, pero tuvieron un error en el programa largo; la pareja canadiense lo hizo de manera impecable en el programa largo, tanto que los comentaristas los daban por ganadores nada más acabar… salvo que el jurado no opinó lo mismo. La polémica, incluyendo investigación de los miembros del jurado, acabó con la entrega de la medalla de oro a los dos equipos y con la introducción de un sistema de evaluación más objetivo.

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En este nuevo sistema se evalúa por un lado la dificultad de las figuras, y por otro y de manera independiente la calidad de las mismas. Y están obligados a ejecutar siete tipos de figuras distintos. La dificultad de las figuras es extremadamente objetiva:  existen puntuaciones de dificultad para cada una de ellas, y un panel de tres personas se ponen de acuerdo en cual era exactamente la figura que se ha ejecutado. Todas las figuras posibles están tabuladas con sus respectivas puntuaciones, y tanto los evaluadores como los competidores las conocen de antemano. La calidad de la ejecución es mucho más subjetiva, pero aun así los jurados tienen tablas con distintos criterios para evaluarla. De nuevo, estos criterios son públicos. (Y para evitar compras de votos, el valor más elevado y el menor se retiran, y se hace la media con los 7 votos restantes).

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Ejemplo de puntuación. Para los códigos de las figuras ejecutadas podéis ir a la Wikipedia.

Definir los criterios de evaluación de una asignatura por adelantado tiene sus ventajas. Una de ellas es que es un sistema justo para los alumnos. Pero no es la mejor de ellas, ni mucho menos. Sirven para motivar a los alumnos. Sirven para que estudien estratégicamente, ya que saben lo que se les va a evaluar. “Pero eso no es bueno!” pensaréis. No necesariamente, pero los alumnos no son tus enemigos, no tienes porqué pillarles a contrapié. Como no sólo controlamos lo que evaluamos, sino también lo que enseñamos, se pueden alinear las actividades de clase con la evaluación de manera que se trabaje y se evalúe lo que el profesor cree más importante. Le dices al alumno: mira, esto es lo que voy a evaluar. Pero en realidad estás diciendo: esto es lo que quiero que aprendas.

Pero las implicaciones van más allá de tu propia asignatura. Sirven para planificar toda la carrera, puesto que los criterios base, el “aprobado pelado”, le sirve a las asignaturas que vienen tras la tuya para saber cual va a ser el nivel mínimo de los estudiantes. O los coordinadores de un Grado son capaces de ver las habilidades y aptitudes que se entrenan a lo largo del mismo, y comprobar si hay algo que falta en la formación de sus universitarios.

La única desventaja, que los alumnos nunca valoran positivamente los cambios.

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